Ayer le escribí una carta a mi esposa.
No fue una carta bonita.
Fue una carta necesaria.
Porque ya me cansé de decir que quiero mejorar… mientras mi entorno sigue igual.
Le hablé de lo que me está pasando. De lo complicado que está siendo encontrar tiempo para entrenar. De la frustración, del enojo y de todo eso que uno se guarda para no incomodar.
Pero la verdad es otra.
No estoy fallando por falta de disciplina.
Estoy fallando porque mi entorno no está alineado con lo que digo que quiero.
Y eso duele más.
Porque entonces ya no hay pretexto.
En mayo compito en un evento que no perdona. No es de los que se sacan con ganas. Es de los que te ponen en tu lugar. Si no hiciste la tarea, te reprueba. Así de simple.
Y no puedes llegar a algo así con buena intención o encomendandote a un santo antes de arrancar.
Durante mucho tiempo compré la idea de que todo es fuerza de voluntad. Que el que quiere puede. Que el que es disciplinado encuentra la forma…suena bonito.
Pero es mentira a medias. Porque la fuerza de voluntad sirve… hasta que te cansas.
Y siempre te cansas.
Seguro has escuchado la frase de Jim Rohn: “Eres el promedio de las 5 personas con las que más convives”. La repiten tanto que ya es cliche y ya ni se cuestiona.
Pero aquí va lo incómodo:
No solo eres el promedio de las personas. “Eres el resultado del entorno que toleras”.
Si normalizas la queja, te vas a quejar.
Si normalizas la mediocridad, te vas a quedar ahí.
Si normalizas no entrenar, vas a dejar de entrenar.
No porque quieras, porque es lo más fácil.
En estudios de comportamiento en Stanford y Cornell hicieron algo ridículamente simple: pusieron comida visible a un grupo y escondida a otro. No cambiaron nada más.
Resultado: la gente comía más de lo que veía.
Así de básico funciona. No decides tanto como crees. Ejecutas lo que tienes enfrente.
Y ahora entiende esto en tu vida:
Puedes ser un atleta motivado, comprometido, decidido….pero si llega el momento de entrenar y no sabes qué te toca, no tiene lista la ropa, no sabes a qué hora salir y tienes mil cosas encima… ya perdiste.
Ese fui yo.
Ese día estuve con mi bebé, con pendientes, con ruido mental. Mi esposa llegó, me hizo relevo. Ya era tarde. Ya había oscurecido. Tenía otras responsabilidades encima.
Aun así salí a correr.
Llegué a media cuadra… y me regresé.
No porque no quisiera.
Porque ya estaba jodido.
Demasiadas decisiones.
Demasiada fricción.
Y lo fácil ganó. Siempre gana.
Aquí está la diferencia que nadie te dice:
El que entrena ya decidió antes.
El que no entrena decide en el momento.
Y decidir en el momento es el peor lugar para decidir.
Porque ahí no manda tu disciplina. Manda tu cansancio.
Por eso le escribí.
No para que me entendiera. Para que esto cambiara.
Porque cambiar tu entorno no es cortar gente como si fueran estorbo.
Eso es lo fácil.
Lo difícil es decir:
“Esto es importante para mí. Y necesito que mi entorno también lo respalde.”
Lo difícil es dejar de hacerte el fuerte… y empezar a ser claro y práctico.
Porque si las personas que tienes cerca suman…no las quitas.
Las elevas contigo.
La disciplina no es dura. No es perfecta. No es invencible.
La disciplina es frágil. Y si tu entorno no la sostiene, se rompe.
Todos los días.
No dejas de entrenar porque no quieres. Dejas de entrenar porque lo hiciste complicado.
Y cuando lo correcto se vuelve complicado…
lo fácil se vuelve inevitable.
Así que deja de pedirte más motivación.
Y empieza a hacerte la pregunta incómoda:
¿Mi entorno me está acercando… o me está frenando?
Porque mientras no respondas eso con honestidad…
vas a seguir creyendo que el problema eres tú.
Y no.
El problema es que estás intentando ser disciplinado…
en un entorno que no lo permite.
Deseo que tu entrenamiento de hoy sea facil…ya suficiente tenemos para hacerlo complicado.
Capi.