Hace más de un año, uno de los entrenadores del equipo impartió una charla sobre los antecedentes del triatlón y sus diferentes distancias.

Habló del sprint, del olímpico, de cómo nació el Ironman y, después, mencionó brevemente el Ultraman y los Ironman continuos. Quiso continuar con su presentación.

Entonces una de las asistentes levantó la mano.

Y lanzó una pregunta que en realidad sonó más a sentencia que a pregunta.

—Pero… ¿la ultradistancia ya no es muy sana que digamos, o sí?

Yo no estaba ahí.

La historia me la contó el coach semanas después.

Y desde entonces he recreado esa escena cientos de veces.

He pensado cómo habría respondido.

Lo hago mientras pedaleo durante horas.

Mientras cuento azulejos en la alberca.

Y entre más lo pienso, más creo que quizá me habría quedado callado.

Porque defender la ultradistancia puede parecer un acto enfermizo.

Obsesivo. Casi irracional.

La lógica parece estar del otro lado.

Porque recorrer cientos de kilómetros suena exactamente a lo que parece:

una pésima idea.

Una de las razones por las que decidí abrir este blog fue precisamente esta.

Poder desmenuzar temas complejos.

Hablar sin interrupciones.

Sin el límite de una charla.

Y que quien quiera rebatir una idea, por lo menos tenga la cortesía de llegar hasta el final.

Todavía tengo muy presente lo que ocurrió en mi último evento de ultradistancia.

O al menos eso creo.

Porque no recuerdo nada de lo sucedido entre el kilómetro 15 y el 34 de la natación.

Supongo que mi cerebro decidió borrar esos archivos para protegerme del dolor que sentía en el hombro izquierdo.

Del ciclismo mejor ni hablamos.

Las fotografías son épicas, los videos inspiran, las frases se ven bien en redes sociales, los pequeños logros acumulados emocionan.

Pero pocas veces hablamos de las secuelas.

Estas palabras que hoy lees fueron escritas después de varios días en los que mi mano derecha apenas podía sostener una cuchara. No podía abrir siquiera una tapa.

No podía estrechar una mano sin que pareciera el saludo de un pescado moribundo.

Perdí fuerza.

Perdí sensibilidad.

Perdí movilidad.

Cuando llegué a casa y me vi frente al espejo, encontré unas piernas que no veía desde mi adolescencia.

Delgadas y vacías. La pérdida de masa muscular era evidente.

La semana pasada fui a fisioterapia.

Barbie, mi fisioterapeuta, hizo la pregunta de siempre.

—¿Cómo estás?

Los fisioterapeutas suelen hacer preguntas cuyas respuestas ya conocen.

Ella me había visto entrar. Más delgado. Más cansado.

Menos yo.

Quien ha ido a fisioterapia sabe que uno no va a relajarse.

Uno va a sufrir voluntariamente.

Y esa sesión fue distinta.

Mientras recorría con sus manos las zonas más contracturadas de mi cuerpo, comenzaron a regresar recuerdos que creía bloqueados.

Escenas incómodas. Momentos de dolor. Instantes donde pensé en abandonar.

Barbie intentaba distraerme.

—Cuéntame algo.

Y yo respondía poco.

Porque estaba ocupado llorando por dentro.

No por vergüenza.

No por debilidad.

Lloraba porque era imposible ignorar el nivel de desgaste.

Y cuando uno observa el daño aparecen los fantasmas favoritos de la culpa.

Hubiera hecho más fuerza.

Hubiera dormido más.

Hubiera comido mejor.

Hubiera soltado el teléfono.

Hubiera…

Hubiera…

Hubiera…

Pero los “hubiera” no reconstruyen músculos.

No curan tendones.

No cambian el pasado.

Hoy, después de escribir.

Después de dormir.

Después de regresar poco a poco a la rutina.

Después de ir a terapia.

Después de comenzar a recuperarme.

Todavía existen secuelas físicas.

Pero en mi interior ya sólo queda una palabra.

ORGULLO.

Y no nace de las horas que pasé nadando.

Ni de los kilómetros recorridos.

Ni de una clasificación.

Ni de una medalla.

Nace de algo mucho más profundo.

Mi cuerpo volvió a decirme:

—Cuenta conmigo.

Una vez más me demostró que está dispuesto a acompañarme a cualquier aventura.

Siempre y cuando yo haga mi parte.

Cuidarlo.

Escucharlo.

Alimentarlo.

Respetarlo.

Darle tiempo.

Darle paciencia.

Darle amor.

Hace unos días una atleta del equipo me preguntó cómo había entrenado la natación para este reto.

La respuesta parece compleja.

Pero en realidad es bastante simple.

Adaptación.

Autoconocimiento.

Catorce años aprendiendo a moverme.

Catorce años aprendiendo a escucharme.

Catorce años entendiendo cuándo acelerar y cuándo frenar.

Eso no viene en una aplicación.

No aparece en una metodología.

No se descarga de internet.

Y entonces vuelvo a la pregunta original.

¿La ultradistancia es poco sana?

Sí.

Y me atrevería a decir que puede ser extremadamente peligrosa.

Cuando nace desde el ego.

Desde la ignorancia.

Desde la necesidad desesperada de demostrar valor personal a través de una cifra.

Por poner un ejemplo de muchos que puedo exponer.

Durante mi aventura en Brasil compartí en redes parte de lo que ocurría.

Alguien vio una fotografía de mi suplementación.

Alguien observó una caja de paracetamol.

Y desde la comodidad de su sofá comentó:

—Eso es muy poco. Denle algo más fuerte.

Lo interesante es que uno puede parecer un idiota, pero cada decisión posiblemente tiene un contexto.

El evento estaba regulado por la WADA, la Agencia Mundial Antidopaje.

Además, pocas personas saben que nací prematuro.

Que tengo un solo riñón funcional.

Que para mí la combinación de deshidratación, esfuerzo extremo y ciertos medicamentos nunca ha sido un juego.

Por eso la pregunta nunca ha sido qué tan fuerte es el medicamento.

La pregunta es qué tan inteligente soy para escuchar a mi cuerpo.

Lo verdaderamente preocupante es que muchas personas han normalizado los analgésicos y antiinflamatorios como parte del equipamiento deportivo.

Como si fueran otro gel.

Pocas veces hablamos de la responsabilidad que implica medicarse cuando el organismo está sometido a fatiga extrema.

Con los años he aprendido que el cuerpo posee una capacidad de adaptación extraordinaria.

Pero también he aprendido que tiene límites.

Y que esos límites merecen respeto.

La recuperación no es el premio que llega después del entrenamiento.

La recuperación es parte del entrenamiento.

Por eso quizá la pregunta correcta no sea si la ultradistancia es sana o no.

Quizá la verdadera pregunta sea:

¿Qué tan sana es la relación que tenemos con nuestro cuerpo?

He visto personas destruirse intentando terminar un maratón únicamente para presumir una medalla.

Y también he visto atletas recorrer cientos de kilómetros desde el respeto absoluto por sus procesos.

La diferencia no está en la distancia.

La diferencia está en la conciencia.

La ultradistancia me ha dejado cicatrices.

Dolores.

Noches de duda.

Secuelas temporales.

Pero también me obligó a estudiar.

A escucharme.

A comprender mejor mi cuerpo.

A respetarlo más que nunca.

Paradójicamente, mientras más lejos he corrido, más he entendido la importancia de detenerme.

Mientras más horas he competido, más valor le he dado al descanso.

Y mientras más le he exigido a mi cuerpo, más agradecido me siento por todo lo que ha sido capaz de soportar.

Por eso, cuando alguien me pregunta si la ultradistancia es sana, mi respuesta sigue siendo la misma.

Puede ser profundamente destructiva cuando nace de la prisa, del ego o de la necesidad de demostrar algo.

Pero también puede convertirse en una de las experiencias más transformadoras que una persona puede vivir cuando se construye desde la paciencia, el respeto y el autocuidado.

Porque al final la ultradistancia nunca ha sido una batalla contra mi cuerpo.

Ha sido una conversación constante con él.

Y sí…

Termino destruido.

Pero seamos honestos.

Unos fuman.

Otros toman.

Otros pasan diez horas al día sentados frente a una pantalla.

Otros viven atrapados en trabajos que odian.

Otros corren sin propósito.

Otros hacemos ultradistancia.

Al final, todos estamos desgastando algo.

La diferencia es que algunos elegimos hacerlo persiguiendo algo que amamos.

Porque, nos guste o no,

cada quien se destruye como quiere.