Hay una frase que escucho con demasiada frecuencia en la previa de una carrera:
“Yo sí vengo a disfrutar” o “Yo no vengo a presionarme”.
Y una más, casi siempre acompañada de una risa nerviosa:
“Voy a desquitar hasta el último minuto del tiempo límite para llegar”.
Y claro. Suena bonito.
Suena como si esa persona estuviera por encima del ego, del reloj, de los ritmos, de los lugares y de todas esas cosas que, según algunos, le quitan sabor a una carrera.
Pero cada vez que escucho eso, la pregunta que se viene a mi cabeza no es si me están diciendo la verdad o no.
La pregunta es otra:
Entonces, los que luchan por un lugar en la carrera… ¿no lo disfrutan?
¿Van a sufrir? ¿Están renunciando al goce solo porque decidieron tomarse en serio lo que van a hacer?
Para términos prácticos, llamaré participantes a los primeros. A los que dicen que vienen a disfrutar.
Y llamaré competidores a esos otros que, según algunos, “solo sufren en la carrera”.
Llega el día del evento y, efectivamente, los participantes rebosan energía, gritan, bromean, se toman fotos, ni siquiera revisan si sus agujetas estan ajustadas.
Salen con un ritmo alegre y llevan como única estrategia empujar, confiar en su fuerza de voluntad y disfrutar del evento.
Del otro lado están los competidores, se les ve un poco más serios, más callados, más introspectivos.
Como si estuvieran repasando paso a paso lo que vivirán durante la carrera. Algunos murmuran algo. Otros se repiten mantras. Otros respiran profundo. Otros simplemente guardan silencio.
No están sufriendo.
Están entrando en la carrera antes de que la carrera empiece.
Y eso cambia todo.
Se da el disparo de salida. El ánimo de los participantes se desborda, su ritmo también.
La emoción reina en los primeros tramos. Los gritos salen fácil. Las piernas responden. La respiración todavía no cobra factura. “Todo parece disfrute”, hasta que deja de parecerlo.
Porque la emoción no dura toda la carrera y la falta de estrategia también.
Poco a poco los gritos bajan, el ritmo cae, la respiración se agita y las piernas empiezan a mandar señales. Y esa persona que venía a disfrutar descubre algo que quizá no le dijeron antes:
Disfrutar sin preparación también duele.
De la recta final ya ni hablamos.
Basta con esperar un poco sobre la acera para identificar a muchos de los que días antes afirmaron que venían a disfrutar. Llegan con la técnica mermada, con molestias, con el ánimo por los suelos, la mirada perdida. Y, en algunos casos, ya ni siquiera les viene bien una porra o una palabra de aliento.
No porque sean malos atletas o no porque no merezcan estar ahí.
Sino porque confundieron disfrutar con improvisar. Y son cosas muy distintas.
Llevo 15 años tratando de convencer a los atletas de adoptar un enfoque que para mí lo cambia todo:
Ser recreativos altamente competitivos. Y eso no tiene nada que ver con ganar.
Tiene que ver con algo mucho más profundo.
Autorrespeto, enfoque, estructura. Ser competitivo no es una renuncia al disfrute, es la llave para encontrarle sabor, aventura, reto y goce a la competencia.
Competir significa tener claro cuál es el plan de acción, qué puedes llegar a sentir, cómo puedes actuar, cuál será tu autodiálogo, en qué momento apretar y con qué herramientas cuentas para autogestionar cualquier reto que se presente.
Porque cualquiera sonríe en el kilómetro dos.
Cuando alguien asume el rol de competidor, lucha por un lugar. Por su lugar, así sea el 1, el 57 o el 1,326.
Da igual.
Ese es el lugar por el que pondrá su valía y su mayor esfuerzo. Ese es el lugar que en esa carrera le corresponde y no hay nada mas emocionante que luchar por el y honrarlo.
Claro que a veces el cuerpo no reacciona como esperamos y puede pasar que otros corredores nos rebasen.
Y eso está bien. No se va a acabar el mundo.
En esos momentos toca asumir la realidad y luchar con lo que se tiene, sin exponernos a sensaciones que nunca entrenamos.
Eso también es competir. A veces competir es tener la humildad de ajustar el plan sin abandonar el propósito.
Pero cuando los corredores te rebasan por falta de actitud, por falta de interés, por falta de ambición o por falta de honestidad contigo mismo, entonces valdría la pena hacerse una pregunta sencilla:
¿Qué haces ahí?
Y no quiero que me malinterpretes.
Hay carreras que se utilizan como entrenamiento, para retomar actividad o para recuperar confianza después de una lesión. Hay carreras donde el objetivo no es romperla, sino volver a sentirte atleta.
Perfecto. Pero justo ahí también te conviertes en competidor.
Porque tienes un objetivo claro.
Porque disfrutar no es improvisar.
Y sí.
También se vale sonreír, bailar, gritar, tomarse fotos y vivir la fiesta, desde la certeza de que llegas a la fiesta con tu traje de gala el de la preparación, el de competidor.
Con cariño, respeto y mucha admiración para todos aquellos que se ponen unos tenis y sueñan con ellos puestos.
Héctor “El Capi