La vida no tiene ningún sentido, excepto cuando decides transitarla con otras personas.
Estas últimas semanas ha venido a mi cabeza un pensamiento de manera repetitiva: ser líder trae grandes experiencias. Es toda una aventura. Conoces personas interesantes, lugares nuevos, formas distintas de pensar; te enfrentas a retos que, en otro contexto, serían impensables.
Definitivamente, es un lugar que todas las mañanas elijo tomar.
Sí, lo elijo de manera responsable, sin victimizarme, sabiendo lo que implica ocupar un lugar así. Elijo mi difícil, o al menos eso intento. Porque liderar también puede traer momentos amargos e inesperados.
A veces se parece a una pelea de box. Los puntos pueden estar a tu favor. Tal vez solo necesitas gestionar tus energías, cuidar tus movimientos y administrar el resto de la pelea. Pero parpadeas, bajas tantito la guardia y recibes un gancho al hígado que te hace retorcerte sin entender muy bien de dónde vino el golpe.
Y si Mickey Goldmill fuera mi mentor, seguramente me gritaría desde la esquina:
“Levántate, pedazo de basura. Es una pelea de box. ¿Qué esperabas recibir, una caricia?”.
Pues bien, pensé mucho en eso. Y de tanto pensarlo, recibí el temido gancho al hígado.
Aún con un poco de desesperación, estoy jalando aire. Intentando respirar. Intentando levantarme antes de que los diez segundos terminen conmigo.
Hoy, un pilar de Aho! Endurance dice adiós al proyecto.
El pilar humano.
El que empatizaba con el atleta más que nadie. El que nos recordaba, una y otra vez, que detrás de cada atleta había una persona con nombre, sueños, miedos, heridas, ilusiones e ideas posiblemente distintas a las nuestras.
Y antes de que la cabeza morbosa empiece a inventar escenarios para definir la razón de su salida, te invito a seguir leyendo. Porque tal vez la vida nos ha enseñado que cerrar ciclos siempre significa crisis, conflicto o problema sin solución.
Pero no siempre es así.
El Profe Luis Lozano me dijo, con el corazón en la mano, que elige no seguir más con el equipo. Ni como pilar, ni como atleta.
Me compartió que el placer que experimentó durante más de siete años practicando su deporte favorito —atender la parte humana de las personas— ya no encuentra en este lugar el mismo crecimiento, el mismo goce, ni el mismo sentido.
Con un mensaje lleno de amor y una charla breve, terminó diciéndome:
“Voy nuevamente volando. Voy nuevamente tomando carretera y no me pienso salir del camino”.
Y aunque ese mensaje es hermoso, esperanzador y profundamente suyo, no deja de ser difícil asimilarlo para mí. Porque en ese camino ya no hay caseta, parada técnica ni retorno inmediato hacia Aho!.
Hoy el amor, los proyectos y la ilusión llegaron a su vida. Y desde el amor que siento por él, limpiándome una lágrima, mandé ampliar el portón de salida. Contraté un trascabo para abrir un camino más grande, más limpio, más amplio y más largo, para que agarre vuelo y llegue muy lejos.
Como líder de este proyecto, sería inmaduro enfocar mi energía en lo que hicieron otras personas o en las circunstancias ajenas que provocaron que el Profe Luis se alejara del equipo.
La vida le hizo un guiño. Y él, con toda la honestidad que lo caracteriza, no dudó en tomar sus chivas y emprender un nuevo vuelo.
Como líder, hoy me toca pensar y admitir qué hice y qué dejé de hacer para que Aho! dejara de sentirse como el lugar seguro del Profe Luis.
Sin culpar.
Sin voltear a buscar responsables.
Sin debatir.
Sin justificarme.
Porque sé que eso me hará crecer.
Como en otros escenarios similares, decido guardar silencio, escuchar, analizar y eliminar de mi vocabulario la palabra “injusto”. Prefiero alimentar el deseo de humanizar cada acto y cada decisión de mi día a día.
Porque en los momentos difíciles también existe una dosis de polaridad.
Hoy estoy triste, sí. Pero también tengo frente a mí una gran oportunidad: ser su amigo sin hablar de trabajo, sin tareas por ejecutar, sin pendientes, sin listas, sin urgencias.
Me emociona saber que él también podrá verme con otros ojos.
Si logramos forjar una amistad dentro del ruido, la presión y la tempestad, no imagino lo que podremos construir desde la calma, sin adversidad y sin la carga diaria del proyecto sobre los hombros.
Anunciar la salida de un miembro del equipo siempre es una labor difícil. El señalamiento aparece. El morbo se asoma. El chisme quiere sentarse a la mesa. Y mientras tanto, a uno no le queda más que vivir el duelo, sonreír, agradecer y ajustar el camino.
Todas las salidas me han enseñado grandes lecciones.
Algunas despedidas llegan con dolor, con mentiras, con actos ventajosos y con poca memoria para honrar los momentos de apoyo y ayuda desinteresada.
Pero hay otras salidas, como la del Profe Luis, que llegan llenas de amor, honestidad e incomodidad, sí, pero también con la conciencia de que para crecer, a veces hay que quitarse la piel y aprender a habitar otra.
Estos sucesos me han enseñado algo de enorme valor: aprender a mirar y cuidar a quienes cuidan de mí.
No obviar sus detalles.
No normalizar sus esfuerzos.
No dar por hecho sus actos de amor.
No olvidar a quienes, con sus acciones, me recuerdan que me quieren y que están para mí.
Porque sí, en la vida también hay injusticias. Hay personas que caminan creyendo que se les debe algo. Personas que, desde su propia narrativa, justifican actuar sin gratitud y sin honor.
Para esas salidas existe una puerta pequeña, discreta, sin aplausos, sin ceremonia y sin eco.
Pero también existen personas por las que vale la pena luchar. Personas que vale la pena tener cerca. Personas que, incluso cuando ya no pueden quedarse, merecen que uno mande construir una puerta grande, tan grande como su corazón, y les prepare un pasillo lleno de aplausos.
Hoy esa puerta es para Luis.
Para mi hermano de batallas.
Para mi padrino de boda.
Para mi amigo.
Para el Profe que nos enseñó que antes que atleta, siempre hay una persona.
Para el hombre que durante más de siete años nos ayudó a recordar que la vida no se trata solamente de llegar más rápido, más lejos o más fuerte.
También se trata de llegar acompañados.
Con amor y cariño, Luis:
Que tomes carretera.
Que agarres vuelo.
Que no te salgas del camino.
Y que la vida te devuelva, multiplicado, todo lo humano que sembraste en nosotros.
Aquí siempre habrá gratitud.
Y una puerta grande que quedará abierta de par en par.