He regalado medallas que me costaron meses de preparación.
Llega un niño a mi oficina, las ve colgadas y me pregunta qué son. Le cuento un poco y, cuando alguna le llama la atención, le digo:
—Si te gusta, te la regalo.
Algunos se emocionan. Otros me miran con desconfianza. Bastante razonable: nos la pasamos diciéndoles que no acepten regalos de desconocidos y ahí estoy yo, ofreciéndoles una medalla.
Las tengo en dos marcos, a un costado de la entrada. Cuando alguien viene por primera vez, casi siempre pregunta lo mismo:
—¿Todas son tuyas?
Sí. Aunque ahí solo está una parte. Otras están guardadas y muchas ya se fueron con alguien más.
Todavía conservo la primera: siete kilómetros en la Carrera de la Familia, en el Parque Metropolitano de León. Han pasado dieciséis años.
Regalarlas me gusta. Desprenderme de algunas me ha costado más de lo que quisiera admitir.
Me pasó con la de mi mejor marca de maratón y con la de mis cien kilómetros más rápidos en la sierra de Arteaga, Coahuila. Hay otras que me recuerdan una amistad, una frustración o un orgullo que todavía siento cuando las veo.
Por eso, cuando un niño elige una, también me toca hacer algo de trabajo.
Puedo contarle lo que viví y entregársela. Lo difícil es soltar la necesidad de conservar una prueba de aquello. Recordar que esa carrera ya pasó y que mi valor no depende de tenerla colgada.
Siempre he creído que correr se parece mucho a vivir. Últimamente pienso que también se parece en lo que hacemos cuando todo termina.
Pero vamos por partes.
Llegas a una carrera con ilusión, nervios y ninguna garantía. Has imaginado tanto la llegada que casi das por hecho que vas a conseguirla.
Dan la salida, se te enchina la piel y arrancas como si el entusiasmo fuera a durarte toda la mañana. Te lleva la gente, la música, ese convencimiento tan bonito de que hoy puedes con todo.
Unos kilómetros después empiezas a negociar contigo.
Bajas el ritmo. El camino todavía es largo y el cuerpo ya te está cobrando la emoción de la salida. Además, hace más calor del que esperabas. O llueve. El clima tiene esa mala costumbre de no revisar tus planes.
Ajustas, improvisas y resuelves.
Hasta que llega ese momento en el que piensas en dejarlo.
Sigues corriendo mientras ensayas qué vas a decir cuando te pregunten qué pasó. Quieres que suene lógico. Que se entienda. Que nadie pregunte demasiado.
No siempre es un pretexto: hay razones de sobra para detener una carrera. Pero también hay momentos en los que sabes perfectamente qué estás haciendo con ese discurso.
Logras resolverlo y sigues, aunque todavía no estés seguro de querer seguir.
Y entonces aparece la meta.
La ves a lo lejos y de pronto tienes energía para acelerar. Hace unos minutos estabas haciendo cuentas para sobrevivir; ahora quieres cerrar fuerte porque hay gente mirando y, bueno, tampoco vamos a desperdiciar la foto.
Cruzas.
Lloras, te ríes, abrazas a un desconocido empapado en sudor y le agradeces como si acabara de pagarte las rentas atrasadas de la casa.
Caminas unos metros, recuperas el aire y levantas la mirada. Alguien se acerca y te coloca una medalla al cuello.
…
Acuérdate de ese momento.
Déjalo durar un poco.
…
Ahora viene lo incómodo.
Puedes sentir todo eso sin haberte preparado como debías.
Puedes cruzar la meta, recibir tu medalla y publicar una historia conmovedora después de haber tomado decisiones bastante malas durante los meses anteriores.
La medalla te la van a dar igual.
Quien te la coloca no conoce tu preparación. Tú sí.
Sabes si elegiste una fecha que te permitiera trabajar o si te inscribiste porque ya querías poder decir que eras maratonista. Sabes cuándo hiciste lo que estaba en tus manos y cuándo dejaste todo para que el entusiasmo resolviera al final.
Y sabes que el entusiasmo no siempre alcanza.
Tengo hijos, trabajo y pendientes. También sé lo que es buscar un espacio para entrenar y descubrir que el día ya se acabó. Una preparación perfecta me parece una exigencia absurda para la mayoría de nosotros.
Lo que sí podemos hacer es elegir un compromiso que quepa en nuestra vida y asumirlo con seriedad.
Aunque eso implique correr una distancia menor.
Aunque la fecha que nos convenga sea la del próximo año y nos toque ver las fotos de los demás sin aparecer en ninguna.
Ahí también se trabaja el ego.
Porque vivir un proceso deportivo lleva tiempo. Necesitas sostener acuerdos contigo, atravesar semanas complicadas y aprender a ajustar sin mandar todo al carajo.
Con los meses empiezas a conocerte. Sabes qué puedes exigirte y qué necesitas cambiar. Aprendes a descansar sin sentir que estás perdiendo una competencia que ni siquiera ha comenzado.
Llegar a la salida con esa preparación da una satisfacción que merece vivirse.
Por supuesto que terminar algo emociona. Hasta ganarte un peluche en las canicas de la feria te hace caminar con el pecho inflado. Pero después del peluche sigues siendo el mismo, nada más que ahora tienes un oso enorme que no cabe en el coche.
Una preparación bien vivida puede dejarte cambios que te acompañen durante años.
Por eso me importa tanto lo que hacemos antes de recibir la medalla.
Si te inscribiste a un maratón sabiendo que no tenías tiempo suficiente, pregúntate por qué te urgía tanto. ¿Qué iba a pasar si esperabas? ¿A quién tenías que demostrarle algo precisamente ese domingo?
Puedes escribir “soy maratonista” en tu perfil. Eso cabe en unos segundos. Prepararte requiere bastante más.
Y ninguna publicación corrige lo que dejaste de hacer.
Cuando guardas el teléfono y se terminan las felicitaciones, te quedas con tu medalla y con lo que sabes de ti. Ojalá puedas mirarla con gusto. Reconocer lo que trabajaste y aceptar también aquello que necesitas mejorar.
Sin inflar la historia para que te guste más.
Me preocupa que nos estemos acostumbrando a medir nuestro valor por la distancia que terminamos o por cuánto sufrimos para hacerlo. Como si llegar más destruido hiciera más importante el resultado.
Luego viene la pregunta de siempre:
—¿Qué sigue? Porque me enfrío.
Espérate un poco.
Todavía no sabes qué aprendiste de esta carrera y ya estás pagando la siguiente.
Revisa qué cambió en tu vida durante la preparación y qué vale la pena conservar. Tal vez por fin encontraste una rutina que puedes sostener. Tal vez descubriste algo que necesitas corregir. Hazte cargo antes de volver a llenar el calendario.
Puedes cambiar de equipo, de entrenador o de rutina cuando lo necesites. Pero conviene revisar qué parte del problema te estás llevando contigo. Estrenar camiseta no resuelve un compromiso que sigues sin cumplir.
Tu responsabilidad también entrena.
Se nota en cómo respondes cuando las cosas salen mal, en la manera en que tratas a quienes empiezan y en cómo comunicas lo que necesitas. Incluso en lo que prefieres callar y esperas que los demás adivinen.
Y se nota en casa, donde te conocen sin dorsal.
Eso me interesa del deporte: lo que hacemos con lo aprendido cuando nadie está pendiente de nuestros kilómetros.
La próxima vez que elijas una carrera, revisa tu agenda con la misma atención con la que revisas la ruta. Date tiempo para prepararte. Si hoy no lo tienes, elige otra fecha o una prueba que sí puedas trabajar.
Y cumple contigo.
Después podrás colgar la medalla, guardarla en un cajón o regalársela a un niño que ni siquiera sabe cuánto mide un maratón.
Lo que hayas construido durante esos meses se queda contigo.
En mi oficina todavía está aquella primera medalla de siete kilómetros. Han pasado dieciséis años y no necesita una distancia más larga para merecer su lugar.
Yo tampoco.