Presencia en movimiento
Después de dedicar varios meses a preparar mi última competencia, poco a poco estoy retomando actividades que disfruto mucho.
Una de ellas es volver a impartir entrenamientos funcionales en las instalaciones de Aho! Endurance.
Y fue ahí donde me encontré otra vez con una escena que imagino se repite todos los días en gimnasios, boxes y áreas funcionales de todo el mundo.
El entrenador explica la rutina.
Muestra la técnica.
Corrige detalles.
Explica la ejecución de cada ejercicio.
El atleta parece estar poniendo atención.
Pero algo sucede.
Algo cambia.
O mejor dicho, algo lo desenfoca.
Porque mientras el entrenador explica el ejercicio base, también suele mencionar dos caminos posibles.
La progresión.
Y la regresión.
La progresión es una versión más compleja del movimiento. Está diseñada para quienes cuentan con mayores capacidades físicas o coordinativas y necesitan un reto adicional.
La regresión es justo lo contrario. Una adaptación inteligente para quienes están comenzando, regresan de una lesión o simplemente necesitan construir primero los cimientos antes de levantar la casa.
Hasta aquí todo parece lógico.
El problema aparece cuando el atleta deja de escuchar con los oídos y comienza a escuchar con el ego.
Las primeras semanas suele alinearse a las indicaciones.
Después ya no.
Comienza a pensar que la regresión es para los débiles.
Que el ejercicio base es demasiado sencillo para él.
Y que la progresión es la oportunidad perfecta para demostrar su valor.
Entonces empieza el espectáculo.
Voltea a los lados.
Observa cuánto peso cargan los demás.
Compara.
Imita.
Compite.
Y termina levantando más de lo que debería.
La espalda se arquea.
Los hombros compensan.
Los codos se abren.
El movimiento deja de ser eficiente.
Lo que antes era entrenamiento se convierte en una batalla entre las articulaciones y la necesidad de mantener el ego a flote.
En el mundo del gimnasio existe un término para esto.
Ego Lifting.
La práctica de levantar pesos excesivos no porque sea lo que necesitas, sino porque quieres impresionar a alguien.
O peor aún.
Porque quieres impresionarte a ti mismo.
Y si somos honestos, este fenómeno también existe en los deportes de resistencia.
Podríamos llamarlo:
Ego Runner.
No suena nada mal.
La pista está llena de ellos.
Los parques están llenos de ellos.
Las carreras están llenas de ellos.
Atletas convirtiendo cada entrenamiento en una audición para redes sociales.
Corriendo para la captura de Strava.
Entrenando para la foto.
Acelerando para que alguien los vea pasar.
Los conozco.
Tú también los has visto.
Y si somos todavía más honestos…
Probablemente tú lo hayas hecho alguna vez.
Yo también.
Lo curioso es que una sentadilla perfectamente ejecutada.
Un trote suave.
Un entrenamiento respetando la zona indicada.
O una sesión terminada exactamente como estaba planeada.
Suelen construir mucho más a largo plazo que esos esfuerzos heroicos que nadie pidió.
Pero eso no vende.
No da likes.
No genera comentarios.
No impresiona.
Por eso resulta tan fácil caer en la trampa.
Agregar más discos a la barra.
Subir el ritmo cuando no toca.
Acelerar cuando aparece alguien observando.
Publicar otro récord personal acompañado del clásico:
“Y ni siquiera lo estaba buscando.”
Claro.
Todos sabemos que sí lo estabas buscando.
Es ahí cuando el entrenamiento deja de ser una herramienta y se convierte en una actuación.
Y las actuaciones, en términos deportivos, no construyen nada sólido.
Hacer una regresión.
Bajar peso.
Reducir el ritmo.
Respetar la zona cardíaca.
O ejecutar exactamente lo que te indicó tu entrenador.
No es una señal de debilidad.
Es una muestra de madurez.
Es comprender que cada estímulo tiene un propósito.
Es entender que no siempre necesitas demostrar lo que puedes hacer.
A veces necesitas demostrar que eres capaz de hacer exactamente lo que te corresponde.
Ni más.
Ni menos.
He visto muchos corredores alcanzar objetivos extraordinarios.
Y también he visto otros quedarse atrapados durante años culpando a las circunstancias, a la genética, al trabajo, a la familia o al entrenador.
La diferencia suele ser muy simple.
Los atletas que obtienen resultados reales rara vez sienten la necesidad de impresionar a alguien.
Están demasiado ocupados construyéndose.
La próxima vez que tengas la tentación de aumentar el peso.
De subir el ritmo cuando no toca.
De modificar el entrenamiento.
O simplemente de apretar porque “hoy te sientes increíble”.
Hazte una pregunta:
¿Para quién estoy entrenando?
Si tu nombre no aparece en la respuesta, quizá sea mejor no hacerlo.
Dedica tiempo a estar presente.
Deja por un momento las pendientes.
Guarda el celular.
Escucha tu respiración.
Observa cómo se mueve tu cuerpo.
Siente cada repetición.
Siente cada zancada.
Siente cada pedalazo.
Porque cuando realmente te haces presente en el entrenamiento, desaparece la necesidad de demostrar.
Y comienza a aparecer algo mucho más valioso.
Las verdaderas ganas de mejorar.
Te deseo un entrenamiento con enfoque.
Pero, sobre todo, con presencia.
Presencia en movimiento.
Con cariño,
El Capi