Hace una semana detuve mi reloj.

Saque a Juanchin de la casa de campaña y le dije: “acompáñame a dar la ultima vuelta”, 

llame a mi esposa y me hice acompañar para que el momento se sintiera menos incomodo.

Ahí terminó.

O por lo menos eso pensé.

Mi mente abandono a mi cuerpo en el cuarto maratón.

Si te soy honesto, renuncié varias veces durante la competencia.

Renuncié en el kilómetro 12 de la natación cuando el hombro izquierdo me ardía como si alguien estuviera clavándome algo por dentro.

Renuncié cuando las ganas de vomitar me doblaban.

Renuncié cuando las cuentas dejaron de cuadrar.

Cuando el tiempo empezó a burlarse de mí.

Cuando entendí que la lógica no estaba ni cerca del tamaño de mi ilusión.

Porque una cosa es competir.

Y otra muy distinta es aceptar que quizá esta vez no te va a alcanzar.

Fui a Brasil a despedirme de la ultradistancia.

O eso quería creer.

Me paré frente a algunos de los mejores atletas del mundo para intentar algo ridículo:

38 kilómetros nadando.

1,800 kilómetros en bicicleta.

10 maratones corriendo.

Qué curioso.

Hay derrotas que duelen menos cuando las cuentas rápido.

Y hay otras…

que se te quedan viviendo adentro.

De eso quiero hablar.

De las veces donde uno entra voluntariamente al infierno para descubrir si realmente es quien dice ser.

Porque eso hacemos muchas veces.

Nos metemos a escenarios incómodos esperando encontrar respuestas.

Aunque la mayoría de las veces encontramos otra cosa:

a nosotros mismos.

Hoy ya no queda nadie allá.

El staff desmontó el búnker.

La pista quedó vacía.

Los atletas regresaron a sus países.

A sus familias.

A sus perros.

A sus rutinas.

Algunos volvieron orgullosos.

Otros confundidos.

Y otros como yo:

rebobinando mentalmente la carrera una y otra vez intentando entender qué demonios pasó.

Han pasado ocho días.

Y sigo soñando que estoy compitiendo.

Anhelaba enormemente terminar.

Los primeros días soñaba desesperado.

Siempre iba tarde.

Siempre estaba intentando alcanzar algo.

Siempre sentía que el tiempo me perseguía.

Y despertaba intentando asimilarlo…

pero ni dormido podía soltarlo.

Hoy me levante de la cama, y el primer mensaje del día fue de mi mamá, me mandó una historia.

La historia de la esposa de Lot.

Y tranquilo.

No quiero convencerte de nada.

Ni meterte religión a la fuerza.

Pero hay historias tan humanas que da igual si crees o no.

Porque terminan hablándote igual.

Dios le dice a Lot y a su familia:

“Huyan.

Pero no miren atrás”.

Y parece sencillo.

Hasta que entiendes que no era una instrucción física.

Era emocional.

Mental.

Espiritual.

“No miren atrás” también significaba:

no te aferres,

no idealices,

no vuelvas emocionalmente a un lugar del que ya tuviste que salir.

Pero ella volteó.

Y se convirtió en estatua de sal.

Leí la historia un par de veces mas y nunca explica por qué miró.

Imagino, que tal vez ella miró con nostalgia.

Tal vez con culpa.

Tal vez con miedo.

O tal vez porque una parte de ella todavía pertenecía a ese lugar.

Y ahí encontre la metáfora.

Muchísima gente avanza con el cuerpo…

pero sigue viviendo emocionalmente en algo que ya terminó.

Una relación.

Una versión vieja de sí mismos.

Una etapa.

Una victoria.

Un fracaso.

Un dolor.

Y mientras más miran atrás…

más rígidos se vuelven.

Como sal. La sal conserva.

Y hay personas que pasan la vida intentando conservar algo que ya murió.

Una identidad.

Una relación.

Un reconocimiento.

Una época donde fueron felices.

Incluso conservan el sufrimiento.

Porque ya aprendieron a vivir dentro de él.

Pero nadie puede avanzar mirando constantemente hacia atrás.

Nadie.

En el deporte esto pasa diario.

“El aleta que vive de su mejor versión” 

“Cuando estaba más fuerte…”

“Cuando pesaba menos…”

“Cuando rompió su marca personal…”

“Cuando no tenía lesiones…”

Y mientras hablan del atleta que fueron…

dejan morir al atleta que todavía podrían ser.

Otros siguen atrapados en derrotas viejas.

Una lesión.

Un abandono.

Una traición.

Un comentario.

Y aunque siguen entrenando…

emocionalmente siguen detenidos en ese kilómetro de su vida.

Por eso esta historia sigue vigente.

Porque convertirse en estatua de sal no siempre significa morir.

A veces significa quedarte inmóvil.

Endurecerte.

Perder capacidad de adaptación.

Quedarte viendo incendios que ya terminaron mientras la vida sigue avanzando sin ti.

¿Quieres algo todavía más incómodo?

Lot nunca regresó por ella.

Porque nadie puede vivir atrapado eternamente en el pasado de otra persona.

Y eso duele.

Pero también libera.

A veces Dios,

la vida,

el destino

o simplemente el crecimiento,

te obligan a dejar atrás lugares, hábitos y versiones de ti mismo que ya no pueden acompañarte.

Y quizá este texto también es para mí.

Porque llevo ocho días mirando hacia Brasil como si ahí hubiera terminado algo.

Y quizá no terminó nada.

Quizá solamente tocaba soltar.

Así que aquí va mi llamado a la acción:

Sal de Sodoma.

Suelta la culpa.

Suelta el “y si hubiera”.

Suelta la obsesión por entenderlo todo.

Suelta la versión vieja de ti.

Camina. Aunque no entiendas.

Aunque duela.

Aunque todavía tengas preguntas.

Claro que hay que recordar lo vivido.

Claro que hay que aprender.

Claro que hay cicatrices que merecen respeto.

Pero no hagas casa en el lugar donde solamente te tocaba aprender una lección.

El pasado puede ser maestro.

Pero jamás dueño.

No confundas nostalgia con propósito.

Y deja de mirar hacia atrás esperando encontrar ahí la vida que todavía no construyes al frente.

Aclaro algo:

No escribo esto para que estés de acuerdo conmigo.

Lo escribo porque necesito atravesarlo.

Y porque quizá alguien que hoy está atrapado en su propia Sodoma…

necesitaba leer esto.

O quizá el que necesitaba leerlo era yo.

Solo espero que la próxima vez que sueñe con esa carrera…

pueda quitarme el dorsal,

sonreír,

descansar…

y avanzar.